02. Presentes otros / Tiempos alterados

Gramáticas de la temporalidad

Espacio 2. Presentes otros/ Tiempos alterados

Artistas: María José Climent, Fito Conesa, Gil Antoni Munuera, Ramón Lez, Juan Sánchez

En los últimos años, el tiempo se ha convertido en uno de los problemas centrales del arte contemporáneo y en una herramienta primordial para pensar la sociedad actual. Aunque dicha dimensión es fundamental en la reflexión artística desde sus inicios, desde la década pasada son muchos los artistas que han comenzado a problematizar, reflexionar y volver a pensar sobre las diferentes modalidades en que la temporalidad configura la obra de arte: memoria, presencia del pasado en el presente, futuro roto, tiempo alterado, tiempo suspendido, aceleración…, a través de las más variadas estrategias y disciplinas, un gran número de artistas contemporáneos cuestionan la temporalidad hegemónica del presente, desfigurando, transformando y proponiendo alternativas a la experiencia del tiempo de la modernidad, el tiempo estandarizado, maquinizado y “monocrónico” que se instauró en la sociedad industrial. Frente a este tiempo lineal capitalizado, los artistas de esta exposición despliegan unas gramáticas de la temporalidad que en todos los casos nos hacen conscientes del paso del tiempo y de la complejidad de la experiencia. Dicha reflexión se relaciona de varias maneras con las ideas del filósofo alemán Reinhart Koselleck, quien en sus trabajos sobre los estratos del tiempo observó los modos en los que los tiempos se corresponden, tocan y articulan. Pasado, presente y futuro no son instancias separadas, sino que están en constante contacto. El arte puede servirnos para pensar los modos en que pasado, presente y futuro se articulan. Y al revés, la articulación del tiempo es una herramienta de lectura privilegiada para dar cuenta de la realidad del arte avanzado.

            En su estudio sobre las formas del tiempo, George Kubler escribió que el presente acontece “cuando el faro está oscuro entre los destellos; es el instante entre el tic y el tac del reloj; es un intervalo vacío y que se desliza para siempre a través del tiempo […] Sin embargo, el instante de la actualidad es todo lo que podemos conocer directamente. El resto del tiempo surge solamente en señales enviadas a nosotros en este instante por innumerables etapas y por portadores inesperados”. En el mundo actual, el presente desaparece. La hipermodernidad, como dice Lipovetsky, elimina el tiempo de los cuerpos, de la espera, el proceso lento en el que todo se espesa y apenas podemos experimentar la densidad del mundo real. Frente a esa disolución, los artistas que se congregan en este espacio despliegan Presentes otros y Tiempos alterados a través de propuestas que trabajan sobre ritmos y experiencias que rompen las lógicas del tiempo moderno: aceleraciones, interrupciones, procesos lentos… alteraciones de esa experiencia temporal que anula a los individuos.

            En Forma: sustancia y soporte nº2, Juan Sánchez propone una instalación que transforma la experiencia perceptiva del espectador y que expande el proceso pictórico a las tres dimensiones. Una descomposición de planos y formas pictóricas que se abren en el espacio real, produciendo sombras y reverberaciones de lo pictórico más allá del lienzo. Continuando con la reflexión de trabajos anteriores sobre los modos en que la formas pictóricas se proyectan en el imaginario cotidiano, a medio camino entre la abstracción, lo relacional y lo precario, esta intervención avanza hacia una colisión de temporalidades: el tiempo real del espectador se entrelaza con el tiempo interior de la obra de arte, ahora abierto y expandido. La transparencia y el equilibrio, lo inestable, lo frágil nos hacen conscientes de nuestra presencia en la sala y de nuestro tiempo en el mundo.

            También la abstracción es la clave de la propuesta de Gil Munuera. Bajo el título Lente de diamante, el artista presenta una serie de piezas pictóricas que juegan con la reflexión de la luz y sobre todo con la puesta en evidencia del proceso minucioso de acción. Para contemplar los detalles y las fluctuaciones de la forma es necesario un tiempo lento, pausado, casi un detenimiento. El detalle, la sutileza, lo apenas perceptible, en ocasiones incluso lo invisible, requieren una mirada que se demore en la superficie y que, de algún modo, se sincronice con los ritmos en los que fue producida la imagen. La pintura aún como resistencia a los tiempos rápidos del presente.

            La cuestión de la lentitud, la alteración de los ritmos capitalizados de la cotidianidad es central en el trabajo de Ramón Lez. Mutaciones, transformaciones muestra a través del vídeo el lento proceso de disolución de figuras sobre hielo. La tinta de la representación figural poco a poco va convirtiéndose en una intervención abstracta. La demora es, una vez más, necesaria para la contemplación del vídeo, que hipnotiza al espectador en la progresiva desolidificación de la representación y lo lleva casi a un estado de duelo por la desaparición. La desmaterialización y la atención a procesos lentos sirven al artista para introducir una experiencia temporal cercana a la de la meditación. Un modo de ser consciente del tiempo.

            La toma de conciencia del tiempo presente tiene lugar de un modo también efectivo en la videoinstalación de Fito Conesa. A través de tres proyecciones, Wasting Time, Wasting Time, introduce una reflexión sobre el tiempo de la espera, especialmente sobre ese momento de cuantificación del tiempo cotidiano que tiene lugar cuando nos convertimos en un mero número que aguarda su turno para ser llamado. En esta ocasión, no hay nada más que la espera. Esperamos algo que nunca ocurre. La espera, el tiempo improductivo, es el tiempo expulsado de la contemporaneidad. Esperar es una condena. Casi una especie de infierno de temporalidad.

            Por último, la reflexión sobre la temporalidad del presente aparece en la obra de María José Climent a través de la silueta de la violencia. Dialéctica homicida explora los modos en los que nuestro imaginario se construye a través de la huella codificada de la violencia, que configura también el espacio y la arquitectura. La artista propone una reinterpretación afectiva del lenguaje aparentemente neutral y descarnado utilizado por el discurso policial y periodístico. Frente al estandarizado modo incorpóreo de decir e imaginar el crimen, el despliegue de poemas y dibujos y la atención a la arquitectura circundante permiten al espectador reconstruir el crimen e introducir una temporalidad subjetiva que se proyecta espacialmente.

 

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